CANELO

Por Jueves, 5 marzo, 2009 0 No tags Permalink 0


En el caserío solo vivían treinta familias, las cuales se dedicaban a la agricultura y a la ganadería. Había veinte labradores, cuatro pastores, dos cabreros, dos porqueros y dos vaqueros.
Jeremías era un pastor honrado y trabajador, con esposa dos hijos, un buen rebaño de ovejas y un gran perro- Canelo.
Canelo era un perro pastor, seguramente el mejor amigo de aquel hombre. Lo habían criado en casa y había pasado a ser para sus dueños algo más que un animal, era tan inteligente que lo único que no sabía hacer era hablar, lo demás todo lo hacía.
Le pusieron el nombre de Canelo por el color de su pelo, que lo tenía como la canela, no era muy grande como otros perros pero, se le veía fuerte y poderoso, sus ojos tristes parecía que querían decir algo que nadie entendía.
El rebaño de ovejas se extendía por la dehesa entre encinares y toda clase de vegetación, deambulando siempre de un lado para otro alimentándose con los mejores pastos. Los corderos las seguían alegres saltando por entre los riscos, Canelo observaba todos sus movimientos y acudía sigiloso si alguno se desperdigaba para traerlo junto al rebaño. El pastor miraba al perro con cariño pues rara vez le tenía que ordenar hacer algo. Por la tarde se encargaba de agrupar a las ovejas para que entraran al redil y así ayudar al pastor hasta que ponía el último cañizo. Después con gesto sumiso se dirigía con él hacía la casa, los dos iban en silenció sumidos en sus propios pensamientos.
Los niños del caserío salíamos corriendo al encuentro de Canelo, el nos recibía dando saltos de alegría, moviendo el rabo y lamiendo nuestras manos cuando le acariciábamos, luego se quedaba con nosotros hasta la hora de la cena y nos acompañaba en nuestros juegos. Cuando íbamos a cenar él se iba con los niños del pastor a su casa y se quedaba a la puerta esperando que los niños salieran con el plato de las sobras y el trozo de pan que siempre había para él; después de comer aquello deambulaba alrededor de la casa y volvía a la puerta acurrucándose en una manta vieja que le ponían. Daba gusto mirarle parecía un ovillo de lana o seda.
Por la mañana, después de tomar su ración de pan, volvía junto al pastor para sacar del redil al rebaño y llevarlo donde estaban los mejores pastos.
Todos los pastores envidiaban a Jeremías por tener un perro tan inteligente, ellos veían que Canelo cuando no estaba el pastor cuidaba de las ovejas sin dejar que se desperdigaran y entraran en los sembrados, las careaba dando vueltas al alrededor del rebaño ladrando con autoridad y ellas le obedecían al instante, por eso Jeremías no necesitaba zagal que le ayudara, con Canelo tenía suficiente; aquel perro valía para todo hasta para cuidar de los hijos del pastor; José que así se llamaba el hijo pequeño era un niño muy travieso, por más que su madre le cuidaba al menor descuido se iba de casa buscando al rebaño y a su padre. Dejaba atrás el caserío y se internaba en la dehesa.
Cuando Jeremías se percataba que Canelo no estaba cuidando el rebaño, ya sabía que el perro había ido en busca de su hijo para llevarlo junto a él. Aquel niño de tres años que no tenía miedo a nada traía a sus padres de cabeza, no había día que Jeremías no viera a su hijo llegar junto al perro dando saltos de alegría, al niño siempre le regañaba para que no volviera hacerlo, pero siempre que los veía no podía por menos de sonreír y, pensaba que sería muy bonito si él supiera pintar estampar aquella imagen en un lienzo para tenerlo siempre en casa a través del tiempo. Aquellos lazos entre el niño y el perro eran muy fuertes.
Canelo no sabía de matemáticas porque nadie le había enseñado pero sabía resolver cualquier problema que tuviera el rebaño o el pequeño José, por eso su madre cuando veía que no estaba nunca se preocupa, pues sabía que con Canelo a su lado nada malo le podía pasar.
Muchas cosas son misterio, pero eso no significa que no tengan una respuesta. Es solamente que a nivel científico no han encontrado ninguna aceptable, por eso dicen que algunas cosas son misterio. Lo que Canelo hacía, para los adultos era un misterio pero a los niños nos parecía lo mas normal.
Las noches de verano para nosotros eran fascinantes, era estupendo salir todos juntos a jugar acompañados de Canelo, ya que él hacía todo cuanto nosotros hacíamos. Algunas veces sentados nos gustaba contemplar la constelación de Orión. De nuestra mente surgían figuras, unos decían que veían un guerrero, otros a un cazador con arco y flechas. Todos sabíamos que nuestra imaginación le daba la forma que quería, pues solo son estrellas que puedes unir como quieras y aparece la forma que tú te imaginas. Canelo también participaba mirando al cielo sentado sobre las patas traseras, nunca supimos que era lo que pensaba, pero estoy segura que aquellos ojos tristes sentían por todo lo que veían fascinación.
Carmen la hija del pastor decía: que el perro tenía los ojos tristes porque en otra vida anterior sus dueños lo habían maltratado ¡Pobre Canelo! El no merecía que le maltrataran, por eso nadie creía lo que Carmen nos decía.
En los días estivales le gustaba zambullirse en el río y cruzarlo nadando, siempre estaba atento a José porque aquel niño que no tenía miedo a nada hacía lo mismo que le veía hacer a él, Canelo era así ¡Todo un genio! Lo mismo que cuidaba del rebaño y del pequeño José lo hacía de todos nosotros.
He pensado muchas veces que aquel perro se merecía un monumento igual que el que tienen en Burgos al pastor y al perro.

Paquita Sánchez Gómez

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